Transporte de aventura

Posteado en Anecdotario

La distancia entre Nebaj y Santa Clara, el lugar donde está instalado el hospitalillo de CIPA, no supera los 90 kilómetros, pero sólo puede hacerse andando en varias jornadas y durmiendo al raso, a caballo o en un vehículo más o menos acondicionado para subir y bajar montañas rocosas y resbaladizas, porque cuando llueve todo queda cubierto por un río de lodo arcilloso, bueno para el patinaje. El transporte suele hacerse en unos vehículos llamados pick up, que tienen una cabina para 3 personas – en el mejor de los casos una doble cabina para el doble de ellas -, y una ‘cama’ o ‘bañera’, donde se apilan humanos, hasta 30 personas bien avenidas y colocadas como sardinillas en lata, enseres y animales varios. Así tuvieron que subir y bajar en dos ocasiones Begotxu y Gonzalo. Os contaremos cómo fue la aventura.

La primera vez hubo suerte (para que se animaran a repetir). Pudieron viajar ‘confortablemente’ en la parte trasera de la cabina, en el banco corrido metálico y cubierto por un felpudo, donde se puede acomodar hasta medio culo (con perdón), en función del tamaño de éste. Gonzalo – bendito él -  incluso fue capaz de dormir un ratito apoyado en los humanos que le flanqueaban, a pesar de que el bamboleo del todoterreno se asemeja al de una barquichuela en un mar embravecido, y los continuos saltos y posterior aterrizaje de las nalgas contra el banco de hierro hacen innecesarios los tratamientos anticelulitis y los masajes en carísimos spas. Pero lo mejor fue contemplar el cielo nocturno del Quiché, donde las estrellas se apretujaban con tanto ahínco como los usuarios de la pick-up. Vieron la Osa Mayor, Venus y millones de faritos titilantes de forma tan emocionada que cortaba la respiración. Las estrellas estaban un poco descolocadas respecto de su posición en el cielo gallego, que es el que habitualmente contempla esta pareja de estupendos cooperantes, pero estremecían igual.

La segunda vez la experiencia fue un poco más excitante. La pick-up era de cabina sencilla y cuando la tomaron ésta ya estaba ocupada al completo por otros humanos y algún animalito. Hubieron de acomodarse, por ello, en la ‘bañera’, bien agarrados a los barrotes de protección para no saltar por los aires en uno de los incontables baches. A lo largo del trayecto, conforme iban subiendo más y más personas, se reducía la agitación debida a la inercia, gracias al contacto humano que les iba sirviendo de soporte por todos sus puntos cardinales. Es una forma como otra cualquiera de compartir penurias, miseria, flora y fauna… con mucho cariño. A mitad del camino, Gonzalo vio con envidia cómo Begotxu era invitada a ocupar un lugar en la cabina, que acababa de quedar libre. Pensó: ¡ella a descansar y yo aquí sufriendo! Lo que no sabía él era el trabajo y la angustia que le costó a su chica mantener despierto al conductor, a base de no dejar de hablar, de pegarle algún que otro codazo de vez en cuando y de rogarle por todos los dioses mayas que se bajara en cada cascada del camino, a refrescar la cabeza bajo el agua. ¡Un viaje para contar a los nietos en las noches de bruma gallegas, al amor del lar!