Natural: ¡De la ubre a la boca, sin conservantes, colorantes ni uperización!

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Mientras nuestros cooperantes compraban el equipamiento para nuestro hospitalillo en la ciudad de Xela, también tenían tiempo de ver con ojos de viajeros experimentados los lugares dignos de ser observados con atención y no con el patinaje ocular de una mirada sin interés.

Uno de los lugares a los que acudieron fue a su variopinto y colorido mercado. Bajo las sombrillas que protegen del inclemente sol centroamericano, se amontonan con cierto orden desordenado cestas y cestas que, en la distancia, ofrecen un arco iris insólito de frutas y verduras, y que en la cercanía incitan a abalanzarse sobre ellas y darse un festín de tomates con sabor a tomate, de bananos con su sabor original, de papayas que no hacen evocar su almacenaje ni el aroma de avión por haber cruzado el ancho mundo, hasta languidecer en algún supermercado de renombre; de tantos y tantos manjares producidos por la madre tierra con la ayuda del ser humano al viejo estilo, antes de que los pesticidas, los fertilizantes artificiales, la manipulación genética y los beneficios abusivos de los intermediarios convirtieran la ingesta de las frutas y verduras del mundo rico en un ejercicio de adivinación. ¿Qué es esto que tengo en la boca? ¿A qué sabe?

Mientras nuestros amigos se deleitaban contemplando aquí y allá la exhuberancia vegetal… y algún que otro animalillo a la venta, y pegaban la hebra con vendedoras locales, ataviadas con su güipil y su corte, mientras se afanaban en conseguir unos pocos quetzales que les ayudaran a adquirir alguna cosa necesaria para su casa o su siempre numerosa prole, vieron una pareja, aparentemente mayor, que llevaba una cabra agarrada por el cuello con una cuerda. ¡Acababa de abrirse la cafet…., bueno, la lechería! Ante sus ojos atónitos observaron cómo la mujer ceñía sus manos alrededor de las ubres de la cabra y comenzaba a ordeñarla. Mientras tanto, un grupo de gente se iba acercando y, en ordenada cola, disfrutaba del vaso de leche más fresca que nadie haya podido tomar, salvo en la teta de su madre. Bueno: más que fresca, reciente, porque supongo que saldría de la ubre a temperatura caprina, no tan fresquita. ¡Menos mal que los dioses mayas deben proteger de la brucelosis a las cabras y a quienes las cuidan!