En el hospitalillo de Santa Clara, el muro de ladrillo pavés que estaba previsto en el proyecto de nuestra querida arquitecta en ciernes, Pilu, para que pudiera pasar la luz natural y hacer más confortable la sala de hospitalización, por arte de birlibirloque, o porque al jefe de obra se le ocurrió, se ha convertido en un cristal traslúcido pero espejado en su parte exterior, para evitar miradas indiscretas de fuera a dentro. Trato de imaginar cómo se puede subir un cristal de tales dimensiones en el único medio de transporte posible, que ya hemos descrito, sin que se haga añicos: íntegro tampoco están todos los que han colocado, para qué nos vamos a engañar, pero qué importa que sólo esté alguno partido en dos o tres por finas quebraduras, allende las montañas.
Pues a lo que iba. Cualquiera que mire desde fuera al cristal espejado sólo verá su propia imagen reflejada. De dentro a fuera puede verse con normalidad el exterior. Desde hace semanas tenemos un nuevo aspirante a enfermero en el hospitalillo, que habita en el porche prácticamente todo el día, mirando fijamente al cristal y picoteándolo sin pausa, a tal extremo que su pico está empezando a perder la agudeza que le caracterizaba. ¡Que se está quedando mocho, el pobre, de tanto darse el pico a sí mismo! Hemos llegado a la conclusión de que es la primera vez que ha podido verse a sí mismo, y no sabemos si en la autocontemplación ve a un rival, al que picotea, o si se ha enamorado de la imagen del espejo y se pasa el día morreándose con ella, lo que parece más probable, dado el talante que exhibe. ¡Sea como fuere, le hemos dado la bienvenida y, por razones obvias, le hemos llamado ¡Narciso! ¡No sé cuánto tiempo más aguantará el enamoradizo pajarito sin que alguna de nuestras enfermeras cooperantes tenga que entablillarle el pico!