Cuando el destino se convierte en un muro insalvable

Posteado en Anecdotario

(Por Juan Bautista García Casas)1

NOTA.- Esto no es una anécdota, pero sentía la necesidad de contároslo.

Leí en un libro, no recuerdo ni el título ni el autor, que los dos únicos momentos en que todas las personas adquieren la condición de iguales son el nacimiento y la muerte. Puedo estar de acuerdo con lo segundo: la muerte actúa como una guadaña democrática, y por diferentes procedimientos nos lleva a todos. Pero no estoy de acuerdo con lo primero: en ocasiones el destino impide que el recién nacido proteste con llanto enérgico por abandonar la cálida estancia del útero materno y, sin darle tiempo a ser un nacido vivo, lo convierte en fallecido por vía de apremio.

La más dura experiencia vivida en nuestra reciente estancia en Santa Clara confirma la afirmación anterior, como muestra el siguiente relato.

Eran las nueve y media de la noche del domingo. Como allí vivimos con el horario solar y el domingo es un día tan laborable como los demás, nos habíamos levantado hacia las 5:30 y a esa hora estábamos profundamente dormidos, rendidos por el cansancio. A las 12 despertamos sobresaltados con los golpes que alguien daba en la puerta metálica del hospitalillo. A través del ventanal del pasillo pude distinguir a Santiago, el promotor de salud, aporreando ansioso la puerta con una mano y su linterna en la otra. Nos informó de que se había producido un parto en una casa a unos 10 minutos de camino y que la comadrona le encomendó avisarnos, porque el niño no se movía. Ana y yo nunca nos vestimos más rápido: en dos minutos estábamos caminando encapotados y con la linterna, bajo una lluvia torrencial, típica de esta época.

Corrimos cuanto pudimos entre el barro y las piedras resbaladizas, sorteando mal que bien la oscuridad y los desniveles. Llegamos en menos de los 10 minutos previstos, pero tuvimos que perder un tiempo precioso para que la comadrona y el marido de la parturienta permitieran a ‘los gringos’ intervenir en aquella situación, sin alterar las costumbres mayas del lugar.

Cuando entramos a la estancia única en penumbra, donde dormitorio y cocina conviven sobre un suelo de tierra acotado por precarios tablones de madera, unas cuantas velas repartidas por diferentes rincones apenas permitían distinguir algo. Con nuestras linternas pudimos ver a la parturienta, totalmente inmóvil y cubierta por varios cobertores. A su lado el marido contemplaba cuanto ocurría con gesto petrificado. En el extremo opuesto de la estancia las cuatro cabezas de los hijos del matrimonio asomaban entre las mantas, en respetuoso silencio. Frente a nosotros, a los pies de la cama de la parturienta, la comadrona sostenía entre sus brazos un bulto enrollado en una pequeña manta de lana. El niño envuelto en ella no se movía desde que asomó al mundo. Lo tomé con cuidado y comprobé que tenía buena temperatura y color, aunque parecía estar en parada cardiorrespiratoria. Mientras yo realizaba masaje cardíaco y Ana le hacía la respiración boca a boca, escuchábamos los estertores procedentes del pequeño tórax. Probablemente había aspirado meconio o líquido amniótico. Intentamos aligerar sus pulmones encharcados con posturas y suaves golpes, porque nuestro instrumental seguía detenido en la aduana guatemalteca desde hacía dos meses y la comadrona no disponía de una sonda para aspirar las secreciones. Peleamos cuanto pudimos con las maniobras mencionadas, hasta que comprobamos que las pupilas del bebé estaban midriáticas y no reaccionaban, signo inequívoco de daño cerebral. Con todo el pesar en el alma, Ana y yo acordamos cesar en el intento de reanimación y exploramos el cuerpecillo del niño tratando de saber qué había ocurrido. El bebé era grande, con tamaño y peso adecuados y no presentaba malformaciones congénitas ni hematomas o heridas debidas a una presentación inadecuada en el momento del parto. La explicación más fiable era la ya comentada: que hubiera aspirado meconio o líquido  amniótico por un parto o un embarazo demasiado prolongados.

La aspiración de meconio es una causa importante de enfermedad grave y muerte en los recién nacidos, que ocurre a entre el 5 y el 10% de los nacimientos, sobre todo si el feto se estresa durante el parto. En el parto hospitalario o en casa, pero con los recursos adecuados, el pronóstico y la evolución suelen ser buenos. Con un parto en las condiciones descritas, la muerte o las lesiones cerebrales por falta de oxígeno aumentan dramáticamente.

Dado que las comadronas no hablan castellano ni nosotros quiché, explicamos a Santiago lo sucedido y le pedimos que, tan pronto las autoridades aduaneras permitan que el instrumental llegue al hospital, dote a las comadronas con sondas de aspiración de secreciones y les enseñe a usarlas. Algo tan sencillo hubiera salvado la vida del pequeño al que no pudimos ayudar, lo que nos dejó con esta sensación de frustración y rabia.

Examinamos a la madre que acababa de dar a luz – cuyo único mal era el dolor por la pérdida de su pequeño -, dimos las condolencias al padre e  hicimos el camino de regreso. Si la ida había sido dura, la vuelta lo era todavía más, por el peso de nuestros corazones y el martilleo de nuestros pensamientos: Si hubiera venido a parir al hospitalillo… Si nos hubieran avisado antes…  Si… Si… Dejamos a vuestra imaginación completar estas frases.

Cuando Ana y yo nos juntamos a desayunar unas horas después no tuvimos que preguntarnos, como otros días ¿qué tal has dormido? Nuestras caras decían que no habíamos pegado ojo. Mientras todas las facilidades de la medicina desarrollada esperan al recién nacido al final del canal del parto en los países ricos, poniéndole fácil el primer aliento, millones de aspirantes a la vida se quedan a la puerta, por falta de una sonda de aspiración, ¡maldita sea!

(1Juan es un médico y profesor de la Universidad de Oviedo que ha estado pasando consulta y capacitando a promotores de salud durante el mes de Julio en el Hospitalillo de Santa Clara)