Hemos alquilado un camión, lo hemos cargado con todos los materiales destinados a Santa Clara, y emprendemos el largo viaje desde El Triunfo, en la costa sur, junto al Pacífico, hasta la Sierra de Chamá, al norte del país. Nuestro conductor es un experto local, capaz de meter las cuatro ruedas del camión en la estrecha franja de tierra mojada por la que circulamos. Pero no se estila el cambio de conductor ni la limitación de horarios, así que me mantengo alerta y en tensión todo el trayecto, vigilándolo por el rabillo del ojo y golpeándole en los muslos cuando presiento que está a punto de dar un cabezazo que nos sumiría a ambos en un sueño profundo… y eterno. Además, mirando al conductor evito ver el precipicio que queda a mi derecha. A falta de radio, canto a voz en grito para mantenerlo alerta, pero ni así evito que, de cuando en cuando, le caiga la cabeza y el camión cabecee también peligrosamente. El camino es cada vez más intransitable. ¿Qué haré con toda la carga si no podemos seguir? Llevo ropa, calzado, libros, textos y diverso material escolar, incluidas casi 50 máquinas de escribir, desterradas por los ordenadores en el mundo rico. Muchos asturianos solidarios me han ayudado a conseguir este valiosísimo material para los indígenas. ¿Y si no puedo entregarlo en su destino? Confieso que cada kilómetro estoy más preocupado. Finalmente, en el lugar llamado Los Encuentros, sucede lo que me temía: la pista impracticable impide que el camión siga su camino con su preciosa carga.
¡No pase pena, don Antonio! ¡Aquí estamos nosotros! En efecto: medio centenar de indígenas, con otros tantos caballos, están aguardando nuestra llegada. Durante dos días se afanan descargando el camión y subiendo los materiales a la sierra, con la ayuda de sus bestias. Echo pie a tierra, declino la oferta de una cabalgadura y asciendo alegre y a pie hasta Santa Clara, donde un montón de manos indígenas están construyendo una nueva Aula – Biblioteca y nuestro primer Hospitalillo. ¡Misión cumplida!