Por Juan Bautista García Casas1
La llegada de Toni2, Diana y Jandro a Santa Clara despertó entre nosotros una alegría similar, aunque por distintos motivos, a la que causó entre los habitantes de la remota aldea maya.
Para ellos, la llegada de Toni suponía la presencia de la mano solidaria que les traía, en forma de becas, los quetzales necesarios para que unos cuantos jóvenes de la zona pudieran cursar estudios. Para Ana1 y para mí suponían una inyección extra de ánimo, porque compartíamos las comidas y los escasos ratos de ocio vespertino, departiendo en animadas charlas que servían para que, entre todos, intercambiáramos información y anécdotas de nuestros viajes por las distintas regiones guatemaltecas.
En una de esas animadas charlas, tras la habitual y frugal cena en la que las tortillas de maíz nunca faltaban, relaté mi experiencia viajera del año anterior, cuando para viajar a Champerico desde la capital tomamos un autobús de línea regular denominado con mucho optimismo por sus gestores “ Los rápidos del sur “: baste decir que los poco más de doscientos y pico Km. del trayecto se cubrieron en casi siete horas de interminable viaje en “confortables” asientos, compartidos en solidaria compañía con la abundante microflora y microfauna, ansiosa por picar a un ‘gringo’ como yo.
Finalizado mi relato Toni, mucho más experto en medios de transporte guatemaltecos, enriqueció la información sobre el funcionamiento de los coloridos autobuses de línea regular, tan llamativos por fuera como incómodos por dentro. Contó que, por muy llenos que vayan estos autobuses, (en realidad son antiguos camiones convenientemente carrozados), incluso con personas de pie llenando el pasillo, el ayudante del piloto (así es como llaman en Guatemala a cualquier conductor de un transporte público), siempre que alguien solicite parada, se las arregla para hacerle un hueco a bordo, a la voz de “ hay lugar”, a la vez que conmina a los “enlatados” viajeros a irse apretando más y más en el fondo del autobús. Como las normas de tráfico prohíben que las personas viajen de pie fuera de los asientos, cuando el piloto o su ayudante detectan la próxima presencia de un control policial en la carretera, para evitar la correspondiente multa exclaman, de manera enérgica y entre implorante y conminatoria, la frase que da título a este relato “¡una agachadita por favor!“.
Esta frase no sólo provocó las risas de todos durante un buen rato; para Ana, que disfrutaba de su primera experiencia guatemalteca y aún no había tenido el “placer” de subirse a uno de esos llamativos autobuses, supuso un nuevo aliciente para repetir estancia en Guatemala. Al estímulo que supone el poder continuar con las labores de atención sanitaria y formación de promotores de salud y comadronas, se unió el querer disfrutar en persona de esa excitante situación en la que el piloto o su ayudante entonan con la solemnidad que pide el momento la frase lapidaria: “¡UNA AGACHADITA POR FAVOR! “.
1Ana y Juan, enfermera y médico, son dos profesores de la Universidad de Oviedo que han estado pasando consulta y capacitando promotores durante el mes de Julio en el Hospitalillo de Santa Clara.
2 Presidente de la ONG ‘Cultura Indígena’.